Monday, December 15, 2008

Día 2

Dos hermanas viejas, una hija loca, una musa reticente...

En el piso de arriba viven dos ancianas, creo que son hermanas aunque no se parecen mucho. Hace más de diez años que vivo acá en este departamento en un viejo edificio en el distrito de Miraflores, y cuando llegué estaban sólo las dos. Las conozco de vista pero no conozco sus nombres.

En algún momento vino a quedarse la hija de una de ellas, una mujer de unos cincuenta años. Nunca he cruzado palabra con ella. En la calle parecería una persona bastante común y corriente, salvo por los lentes oscuros que siempre lleva y quizás por una expresión facial casi exageradamente seria. Esta mujer, sin embargo, dentro de su casa se convierte en un monstruo cuyos gritos y lamentos llegan a amenazar mi equilibrio mental y emocional. En diversos momentos del dia se le oye increpar, reclamar e insultar a su vieja madre.

Reclama acerca de dinero que debió recibir de la venta de una casa y que nunca le llegó. Reclama acerca de la suerte de algún hermano suyo, el hijo que siempre fue el favorito de los padres desde que eran niños. Llora de una manera infantil que puede ser hasta graciosa por unos minutos, pero luego me crispa los nervios y se convierte en una pesadilla. Entonces golpeo la pared, a veces la ventana de la cocina, y en varias ocasiones parece que me escucha y se calla, o al menos baja la intensidad de las molestias.

Al parecer ella no trabaja ni tiene alguna actividad regular fuera de su casa. Dice con frecuencia que no entiende, o al menos es lo que se llega a descifrar, por qué su madre no le puede dar un dinero que le permita irse del país. Parece que tiene planes de ir a España y empezar su vida de nuevo. Ojalá, si se va, pueda conseguir mejor asistencia psicológica por allá. Acá la suelo ver volviendo de la farmacia con pastillas en la mano. Me imagino que las toma de la manera que le viene en gana.

Echado en mi cama la oigo algunas madrugadas y siento que me volveré loco, pero antes de que eso suceda ya estoy profundamente dormido. Seguramente afecta la calidad de mi preciado sueño pero no hay mucho que pueda hacer. Alguna vez hice una queja telefónica y no prosperó. Pero, aunque parezca mentira, las quejas de esta mujer también me pueden hacer sentir bien. Es porque me hacen pensar en que sobrellevo bastante bien la soledad, en comparación con otra gente.

Un perro ladra con desesperación en la calle y se siente un leve eco tras cada ladrido. La calle está vacía, la loca de arriba está callada, y es hora de irme a dormir. Mi musa reticente quizá también esté a punto de echarse a dormir a muchas cuadras de aquí. Le deseo buenas noches.

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